domingo, 29 de noviembre de 2015

EL AMOR ES LO PRIMERO

"Los dos mejores regalos que podemos ofrecer a nuestros  hijos son:
firmes raíces para crecer y bellas alas para  volar"


Desde que nació mi hijo, una pregunta ha estado acompañándome durante estos largos 17 años:
¿DE QUÉ MEJOR MANERA PUEDO HACERLE LLEGAR ESTE AMOR QUE TAN INTENSAMENTE SIENTO POR ÉL?

Con todos mis mejores sentimientos e intenciones, con mucha frecuencia mi desconocimiento, mis miedos y mis ideas preconcebidas han eclipsado lo que más necesitaba y necesita de mí:  EL AMOR SIN CONDICIONES.

Encontrar respuestas a esta constante pregunta ha resultado ser un largo camino de crecimiento personal, a veces duro, al conectar con el dolor de mis propias carencias; pero otras veces enriquecedor y placentero, al encontrar los muchísimos matices de que está hecha la vivencia del AMOR.

Descubrí que muchas veces he llamado amor a la necesidad de que me amaran.

Descubrí que el nacimiento puede ser la primera gran experiencia de amor, y que la forma de nacer deja huella para toda la vida.

Descubrí que, para un niño pequeño, el amor está en CÓMO más que en QUÉ: cómo le es tocado, cómo es hablado, cómo es mirado, cómo es movido...

Descubrí que el amor está más relacionado con ESTAR que con HACER; y con ello descubrí que estar con mi hijo y con otros niños era para mí una gran experiencia meditativa. Descubrí el valor y la trascendencia de LA PRESENCIA.

Descubrí también que el amor es permitirle ser quien es, y no caer en la poderosa tentación de llevarle por mi camino, ni siquiera "por su bien".

Descubrí que el amor no es siempre la respuesta más cómoda, y que un niño necesita unos padres y adultos suficientemente fuertes y maduros que le sepan decir NO. Descubrí que amor y firmeza no son incompatibles, sino que van de la mano.

Descubrí que el amor es el motor para la vida y que, desde la vivencia de sentirse amado, el niño necesita poco más para lanzarse a descubrir el mundo!

Descubrí que el amor no es como una mercancía que el adulto da y el niño recibe; es más bien una decisión de mirar al otro y de relacionarme con él de una forma que resulta enriquecedora y placentera para los dos. Por eso, amar a mi hijo, y luego también a otros niños, ha resultado ser a la vez la mejor forma de amarme a mí misma; la experiencia que ha llenado el vacío de mi infancia.

Y lo más importante, descubrí que, de todo lo que los niños necesitan de nosotros, madres, padres y educadores, EL AMOR ES LO PRIMERO. Que las raíces que quiero regalar a mi hijo no son otras que el amor.


En palabras de Rebeca Wild (quizá no textuales porque las recito de memoria):

"La tarea más importante del niño es extraer de las relaciones con los adultos el amor que necesita para construirse a sí mismo".




sábado, 21 de enero de 2012

Artículo: EL DESARROLLO PSICOMOTOR

Cuando el ser humano nace, tiene casi todas sus capacidades por desarrollar. Ni sus estructuras neurológicas ni muchos de sus órganos, los motores entre ellos, están terminados de formar. El desarrollo básico dura toda la infancia, más o menos hasta los 21 años.

Y en esto consiste precisamente la gran aventura de la infancia, en el propio desarrollo. Es la mayor fuente de satisfacción, porque es la aventura de vivir y realizarse a sí mismo! Aventura que la mayoría de los adultos no hemos conocido.

Artículo: EL JUEGO

Los adultos llamamos juego a ese montón de actividades, aparentemente sin sentido, de los niños.

Para los niños, el juego es el modo de acercarse al mundo, de descubrirlo, de explorarlo, de sentirlo, de comprenderlo, de vivirlo... Es una vía fundamental para satisfacer sus necesidades de desarrollo, en la misma medida que lo es el desarrollo de su psicomotricidad.
Lo que no tiene ningún sentido ante los ojos del adulto, para los niños tiene muchísimo sentido.
Es a través del juego libre como los niños obtienen muchas de las experiencias con el entorno que son imprescindibles para su desarrollo, para la formación de la red neurológica que hace posible la maduración de sus capacidades.

Artículo: RESPETO Y LÍMITES

Los niños pequeños están muy conectados con sus necesidades auténticas, las que van guiándoles por el largo camino de hacerse a sí mismos; y de una forma u otra, siempre tratan de satisfacerlas. Su naturaleza se lo pide para su propio desarrollo.



Su primera necesidad es de amor, traducido principalmente en atención y contacto físico; primero de su madre y poco a poco de otras personas cercanas. Si las necesidades básicas están cubiertas, enseguida van apareciendo las necesidades de acercamiento al mundo que les rodea. La evolución de los niños pequeños es muy rápida, y las necesidades satisfechas pronto van dejando paso a otras nuevas. Así, el bebé que cuenta con el alimento, la atención y los cuidados que necesita (que son las vivencias del amor), enseguida empieza a interactuar con su entorno: empieza a jugar con el pecho y con la ropa de su madre, a chupar los objetos que le rodean, a darse la vuelta, a reptar, a gatear, a investigarlo todo… Cuando logra su desplazamiento autónomo con el gateo, hacia los 8 meses, todo lo que está a su alrededor le atrae… Lo coge todo! Los adultos a veces no podemos soportarlo… Es el comienzo de la “lucha” entre adultos y niños.

La convivencia siempre trae consigo el conflicto entre las necesidades de cada persona. Cuando hay niños, sus necesidades son tan diferentes de las nuestras que la convivencia puede volverse muy difícil. Por otra parte, nosotros mismos, como niños fuimos poco respetados, y en consecuencia nos cuesta reconocer qué hay detrás de las demandas de nuestros hijos.

Como padres o educadores es importante que comprendamos que, en muchas ocasiones, lo que los niños reclaman no son caprichos, sino una verdadera necesidad para su desarrollo. En el caso anterior, detrás de un bebé que toca, coge y chupa todo, está su necesidad de experiencias sensoriales. Necesitan muchas experiencias de tocar diferentes texturas, tamaños, formas y pesos para llevar a cabo su desarrollo sensorial. Y para ellos no hay distinción entre unos objetos y otros…
Paralelamente, los adultos también tenemos la necesidad de sentirnos cómodos; por ejemplo, de proteger nuestros objetos para que los niños no los estropeen…

En nuestra sociedad, generalmente se imponen las necesidades de los adultos frente a las de los niños, que no se suelen comprender. Se suele educar en la obediencia, lo que puede llevar a los niños a una frustración muy grave de sus necesidades. La frustración de las necesidades de desarrollo siempre es una vivencia de dolor para el organismo en desarrollo, y si ocurre de forma repetida, el organismo se defiende del dolor perdiendo la conexión con ellas, en espera de que las circunstancias en algún momento puedan cambiar y las necesidades lleguen a satisfacerse...
Pero también, en ocasiones se da el caso contrario, especialmente en padres que se cuestionan la educación de sus hijos y quieren tratarles con respeto. En estos casos, los padres, por respetar las necesidades de sus hijos muchas veces no respetan las suyas propias, acumulando mucho malestar, que  puede llegar hasta resentimiento y ataques de ira  hacia ellos. Y transmitiendo que no hay espacio para las necesidades de todos…

La clave está en encontrar las formas de dar cabida a las necesidades de todos. Si no en todo momento y en todos los espacios (lo cual  probablemente sea imposible), sí diferenciando momentos y espacios para cada necesidad. Es un gran reto y requiere mucha honestidad y mucha observación de uno mismo y del otro, pero es el camino del verdadero respeto.
Para ello, en primer lugar se requiere la valoración de cada necesidad; no todas tienen la misma importancia en cada momento. Y en segundo lugar, hay que aceptar que habrá momentos de frustración para unos y para otros.

Siguiendo con el ejemplo anterior, el niño de 8 meses que está en la fase de descubrir el mundo a través de los sentidos, necesita tocar todo… o casi todo. El adulto que quiere respetar a su hijo tiene la responsabilidad de ofrecerle muchas posibilidades de manipular objetos de acuerdo a su edad. Quizá de buscar o preparar espacios donde la oferta de materiales sea rica y variada para su curiosidad. Incluso de acompañarle cuando haya objetos con cierto “peligro”. De este modo está respetando la necesidad de su hijo.
Cuando llega el caso de que el niño quiere manipular también objetos que el padre no quiere, porque son peligrosos, o porque se estropean o pueden romperse, o simplemente porque no quiere, es el momento de que se respete a sí mismo y ponga el límite a su hijo: “Esto no quiero dejártelo. Te lo voy a coger”. Es un momento de frustración para el hijo, pero no interfiere en su desarrollo, puesto que ya tiene muchas otras oportunidades para satisfacer su necesidad. Desde luego, le produce dolor, porque los límites siempre producen dolor. Aceptar su dolor y acoger su llanto es la forma de respetarle en esta situación, pero manteniendo el límite.

Este equilibrio puede encontrarse, con mayor o menor dificultad, casi ante cualquier necesidad. Y los límites juegan un papel fundamental a la hora de conseguirlo.

Pero tan importante como poner los límites adecuados es la forma de ponerlos…
Los niños pequeños se relacionan con el mundo a través de los sentidos, de los hechos, de lo concreto. Y así es también como se relacionan con los límites. Aún no han desarrollado la lógica causa-efecto ni las abstracciones, y apenas el lenguaje.. No necesitan explicaciones coherentes, ni razonamientos, ni negociaciones. Simplemente necesitan claridad suficiente sobre cuál es el límite. Una actitud firme y consecuente por parte del adulto, con más acciones que palabras, donde además las palabras sean coherentes y descriptivas de las acciones. Una actitud que no tiene que estar ligada al enfado (un enfado es un límite puesto demasiado tarde), y que también puede ser amorosa.
Por otra parte, los niños necesitan expresar y manifestar el dolor que les produce el límite. Necesitan un adulto que acepte y acompañe su llanto o rabieta, sin juicios, ni explicaciones, ni demasiadas palabras; simplemente con su presencia.

En general, los adultos tenemos mucha dificultad para poner los límites de este modo, y también para aceptar el llanto o la queja sin sentirnos manipulados o culpables. La convivencia con los niños es una oportunidad de oro para aprender a identificar nuestras necesidades, a respetarlas y a poner límites con respeto hacia el otro. En la medida en que podamos respetarnos a nosotros mismos podremos también respetar a los demás, niños o adultos, pero de verdad, desde el corazón, desde el convencimiento de que todos somos diferentes y de que, con creatividad, hay cabida para las necesidades de todos…

Artículo:EL LLANTO

El llanto de un niño es probablemente lo que más sentimientos contradictorios e incomprensibles puede provocar en las madres, y en los adultos en general.

Cuando un niño llora se pueden presentar en un mismo momento sentimientos tan contradictorios como: querer eliminar inmediatamente su malestar; desesperarnos por no entender lo que le pasa; sentirnos manipulados; conectar con algunos de nuestros malestares actuales o pasados; sentir que no lo hacemos suficientemente bien; querer escapar de un hijo tan exigente; sentirnos invadidos de rabia o de culpa; etc. etc

Las reacciones ante el llanto del niño van desde el extremo de no hacerle caso y "dejarle llorar", hasta el de no poder soportarlo y "hacerle callar como sea". Casi siempre se debe al desconocimiento de lo que hay debajo.

El llanto es siempre la respuesta a un malestar.
Por un lado es un aviso. Algo va mal, y quizá haya que hacer algo. Por eso el sonido del llanto es tan molesto: no puede dejarnos indiferentes.
Por otro lado es también una necesidad fisiológica de descarga de tensiones. Las lágrimas contienen ciertas drogas endógenas relacionadas con el dolor que el organismo necesita eliminar.

Descubrir cuál es el malestar que se manifiesta en cada llanto es lo que nos vuelve locos a los adultos, en gran parte por el desconocimiento que tenemos de nuestro propio malestar...

En un planteamiento de respeto, la propuesta es que el llanto siempre necesita ser atendido.

En muchas ocasiones, el llanto tiene una causa evidente: hambre, dolor físico, incomodidad, frío o calor, susto, sueño, protesta, frustración... En estos casos, se quita la causa y desaparece el llanto.
Nuestros problemas aparecen cuando aparentemente todas las necesidades están satisfechas y el niño sigue llorando, aún estando es brazos de su madre. A veces incluso son largos episodios de llanto continuo. El malestar no es visible. Es entonces cuando aparecen suposiciones tan variadas como absurdas: falta de leche (en caso de lactancia materna), cólicos, intentos de manipulación, necesidad de desarrollar los pulmones... Casi nunca son ciertas!

Hay una cuestión que habitualmente se desconoce: el malestar puede deberse a una situación pasada.
El malestar no siempre se debe a una situación presente. En muchas ocasiones responde a situaciones pasadas, de otro momento del día o de otro momento de la vida del niño, incluso de antes de nacer. Los niños, más fácilmente que los adultos, tienen regresiones sanadoras.

Es muy habitual que los bebés y niños muy pequeños lloren a final del día. Suele interpretarse como sueño o cólicos, sin embargo, suele ser la descarga de las tensiones acumuladas durante el día. Su organismo es todavía demasiado sensible, y la vida cotidiana "normal" puede suponer para él una sobrecarga de tensión. Demasiadas experiencias que no concuerdan con su naturaleza!
Este llanto diario mantiene a niños tan pequeños emocionalmente sanos.

Por otra parte, los bebés que han vivido alguna experiencia más o menos traumática, como sufrimiento intrauterino, o un nacimiento difícil o la separación temprana de la madre, han necesitado bloquear ese intenso dolor para sobrevivir. En ese momento, la vivencia del dolor hubiera puesto en peligro su integridad. El bloqueo del dolor es un mecanismo de supervivencia. El organismo reacciona a nivel neurológico para dejar de sentirlo.
Pero en la medida que se bloquea el acceso al dolor, se bloquea también el acceso al placer y al sentir de la vida. Por ese motivo, una vez que el niño se siente emocionalmente seguro e internamente preparado (y sólo él sabe cuándo), su mecanismo natural de autosanación le lleva a conectar con el dolor pasado para desbloquearlo y eliminarlo. Y conectar es revivir, literalmente volver a vivir y sentir esa situación tan dolorosa. Por supuesto, aparece el llanto, mucho, mucho llanto, que libera las drogas endógenas que servían para bloquear ese dolor.

Estas son realidades muy frecuentes. En ellas, el llanto no sólo es necesario; es bienvenido!! Es terapéutico. Es fundamental para la salud emocional del niño. Por tanto, es muy importante permitirlo, con un acompañamiento amoroso que aporte la base de seguridad y aceptación que el niño necesita para entregarse plenamente.

Desde este enfoque, un niño que no llora no es necesariamente un niño más feliz, especialmente en nuestra sociedad, que satisface difícilmente las necesidades de niños pequeños. Puede ser que el niño ya se haya resignado a no obtener lo que necesita, o que todavía no haya encontrado en las personas de referencia el grado de seguridad necesario para resolver su situación emocional…

Quizá como padres nos gustaría eliminar todo el dolor de la vida de nuestros hijos, pero hay muchos aspectos de ella que se escapan a nuestro control… A veces pensamos que eliminando el llanto eliminamos el dolor, de ahí que la distracción o la represión sean las respuestas más frecuentes frente al llanto que no comprendemos. También puede ser este es el modo en que solemos hacer frente a nuestros propios malestares, negándolos, tapándolos, escapándonos…

Lo mejor que podemos hacer para apoyar a nuestros hijos en su maduración emocional, a cualquier edad, es darles la seguridad y la aceptación que necesitan para que puedan enfrentarse a sus malestares, para lo que es imprescindible aceptar su llanto. En la medida en que, como adultos, podamos hacer frente a nuestro propio dolor, podremos aceptar y comprender también el dolor de nuestros hijos.

Artículo: LA ALIMENTACIÓN

Cualquier ser vivo sabe qué alimentos necesita para sobrevivir. No sólo eso, también sabe seleccionarlos de la Naturaleza y tomarlos en las cantidades adecuadas para su organismo. Forma parte de una sabiduría ancestral que ha permitido la vida en este planeta durante millones de años.

El ser humano de nuestra sociedad moderna, en cambio, desconfía de su instinto, y pretende controlar la alimentación basándose en miles de estudios científicos... También es el único que, voluntariamente, come alimentos perjudiciales para su salud, y el único que sufre de obesidad y de anorexia.

En el caso de los niños, la práctica habitual es indicarles lo que deben comer. No se les da la opción de elegir ni qué, ni cuánto, ni cuándo. Incluso se les distrae "para que se lo coman todo", lo que los adultos decidimos que necesitan...

La realidad es que las necesidades alimenticias son muy fluctuantes. Puede hacer momentos de mucho crecimiento que requieren mayor aporte de proteínas; momentos de mucha actividad física que requieren mayor aporte de hidratos de carbono; momentos de enfermedad que requieren ayuno, o zumos, o arroz...
También puede haber alguna dificultad digestiva, permanente o pasajera, que produce rechazo a determinados alimentos, o puede haber razones desconocidas por las que determinados alimentos no van bien con determinados organismos...
El cambio de las estaciones también supone un cambio de necesidades. En verano necesitamos alimentos frescos y ligeros; en invierno nos inclinamos más por los que nos aportan más calorías...
Y las emociones abren o cierran el estómago...

Todo esto lo sabe cada organismo, y lo manifiesta en cada momento en forma de apetencia o rechazo a determinados alimentos. No son caprichos.
Cuando no se permite al niño decidir sobre su alimentación, termina perdiendo la conexión con su verdadera necesidad. Por eso, entre otras razones, es posible llegar a la obesidad o a la anorexia…

Cuando se permite un proceso natural, el niño, poco a poco, empieza a tener interés en los alimentos de su entorno, los que comen los adultos. Empieza a tocarlos, a probarlos, a conocer sus sabores, olores y texturas. Sí, también a “jugar” con ellos; necesita hacerlo para hacerlos familiares!
Poco a poco empieza a comerlos. Es un proceso muy particular. Algunos niños empiezan a los 6 meses y otros a los 18. Si aún se alimenta del pecho materno, durante una buena temporada combina la lactancia con otros alimentos, hasta que se desteta por sí mismo. El destete voluntario suele ser entre los 2 y 5 años. En contra de lo que se suele creer, la leche materna sigue siendo el alimento más completo, y sirve de base mientras la dieta todavía es incompleta.
Este proceso de acercamiento a los alimentos es mucho más lento de lo que se suele esperar. Por un lado, permite la maduración del sistema digestivo. Por otro, y no menos importante, da lugar a un acercamiento del niño a los alimentos desde la curiosidad y el placer.

Este no es el proceso habitual en nuestra sociedad. El destete temprano (anterior al año) obliga a buscar los nutrientes básicos en otros alimentos, muchos de ellos semi-artificiales, puesto que la leche de vaca no cubre las necesidades del niño. Por tanto, ya no hay lugar para el acercamiento lento y placentero a los alimentos. Por el contrario, la hora de comer se convierte con mucha frecuencia en un pulso entre madre e hijo, donde, de paso, afloran otras cuestiones emocionales. La madre manipula y chantajea al hijo para que coma; el hijo, que sabe el poder que de repente le ha dado el hecho de comer o no comer, utiliza la situación para conseguir lo que no puede conseguir de otro modo: la atención exclusiva de su madre… O quizá el hijo, deseoso de obtener el reconocimiento de su madre, se lo come todo sin rechistar, con o sin deseo…
Hay muchas variantes de lo mismo, pero siempre con la misma consecuencia: los niños pierden el contacto con su verdadera necesidad de alimentación, además de la oportunidad de vivirla con placer.

Una propuesta de respeto es dejar la decisión en manos del niño. La responsabilidad de los adultos es garantizar que tiene acceso a alimentos variados, completos y sanos, de acuerdo con su edad, y también su gusto. La elección del alimento y de la cantidad es cosa del niño.
Hay estudios que demuestran que los niños que eligen su dieta, a no ser que intervengan problemas de otra índole, no sufren carencias alimenticias ni comen más de lo que necesitan. En conjunto, su dieta es equilibrada. En general, comen bastante menos de lo que se espera, y con bastantes irregularidades, tanto en las cantidades como en la elección de los alimentos.

También es importante que el niño tenga la oportunidad de conocer los alimentos por separado (una zanahoria, una manzana, una patata, un huevo, un pedazo de carne…) aunque luego puedan presentarse mezclados en purés o papillas. Es la única forma en que su organismo puede identificar sus cualidades y aportaciones.

De cara a la autonomía, es importante presentarle los alimentos para que él pueda comer solo: trocitos que pueda coger con los dedos mientras no sepa manejar los cubiertos; tamaños adecuados a su destreza; vasos, platos y cubiertos de características adecuadas a su psicomotricidad, etc. No significa que deba comer siempre solo (cuando son muy pequeños, darles de comer forma parte de los cuidados básicos, y es una forma de comunicación), sino que tenga la oportunidad de hacerlo si quiere, hasta que se convierta en una rutina.

Lo que sí es cierto es que, en la relación con la comida, pueden manifiestarse muchas cuestiones emocionales, como la relación con la madre, la forma de resolver el malestar, las expectativas o costumbres familiares en torno a la mesa, etc, etc., que merecerían atención aparte.